Tengo una secreta fascinación con la muerte. No en un sentido mórbido u oscuro, sino todo lo contrario: contrastada con la finitud de la vida y la urgencia que tengo de vivirla al máximo.

Por eso quiero escribir sobre mi madre, quien, a diferencia de mí, no soporta hablar del tema, porque le recuerda ese algo que inevitablemente sucederá.

Mi madre ha estado en mi vida, toda la vida, y la conozco a la perfección. Sé que le gustan las perlas y oler rico. Sé que es amante de los libros, de las películas y de la buena música. Y sé que sus manos son incomparablemente suaves, como nada que me haya tocado jamás.

Mi madre es una mujer fuerte y su vida no ha sido fácil. Ha criado sola, en todo sentido, a sus dos hijas, y nos ha sacado adelante de la mejor forma que ha podido, sin escatimar ningún esfuerzo o sacrificio.

Mi madre es una mujer brillante, con una mente privilegiada. Su inteligencia es la que le ha asegurado siempre una buena posición laboral, que hoy, a sus 71 años, la mantiene activa en el ejercicio y la formación profesional.

Mi madre no es una mujer de casa. Y aunque cocina como chef, las tareas y el cuidado del hogar nunca han sido lo suyo. Me atrevería a decir que tampoco ha disfrutado de la maternidad, una afirmación un tanto escandalosa, pero que yo con los años,  he entendido que eso nada tiene que ver con el amor infinito que nos da a sus hijas y que se desborda para sus nietas.

Sé que mi madre quisiera una vida menos dura, sin tantas obligaciones y contratiempos. Y aunque no estoy segura de si hubiera querido tener un compañero de camino, sé que le hubiera venido bastante bien.

Mi madre es una “jovencilla” activa, lúcida, entusiasta, y llena de energía, que aún sueña con conocer el mundo y seguir aprendiendo.

Mi madre es una abuela sin igual: detallista, complaciente, cómplice. Y es en esa faceta donde he podido conocer toda la ternura y delicadeza de su corazón.

No siempre  me llevé bien con mi madre: hemos tenido grandes desencuentros, peleas fuertes y diferencias profundas de pensamiento y opinión. Pero, porque se trata de mi madre, yo he trabajado para aprender a amarla cada día mejor.

Sé que mi madre siente culpa por las cosas que dejó de hacer o por las que hizo mal. Ahora entiendo que no existe un manual de crianza, y que todas tratamos de hacer lo mejor que podemos.

Mi madre hizo muchas cosas bien, porque entre otras cosas, me enseñó a tener un corazón bondadoso. Este corazón que no es mío, es de ella; este corazón que no la juzga, que no guarda rencores, que es libre. Un corazón que le agradece, un corazón que está lleno de amor para los míos y para ella. Porque mi corazón no es mío, es de ella.

Pensé que conocía a mi madre, pero no ha sido sino hasta ahora que soy también una mujer adulta y madre, que puedo empezar a conocerla de verdad.

Y con esa urgencia que tengo de vivir, le escribo a mi madre estas letras insignificantes, porque son pocas para todo lo que le quisiera decir. Pero es un buen comienzo para honrarla, decirle que la admiro  y dejarle saber que todo ha sido bueno, y que la amaré hasta mi último día en la tierra y, seguramente, también después.

 

2 thoughts on “A mi madre…

  1. Que maravillosa manera de poner en palabras tu sentir. Y en ese primer párrafo, me sentí tan identificada, que lo voy a copiar, con el nombre de la autora, por supuesto.

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