Demasiado me ilusioné cuando supe que uno de mis más grandes sueños se haría realidad.

Me mudé al Caribe mexicano de la misma forma como han sido todas mis otras mudanzas: muy emocionada y sin darle muchas vueltas.

Empaqué mis cosas, finiquité asuntos, hice maletas y vendí mi casa y en el primer día de aquel agosto llegué a vivir con mi marido e hijas al pie del mar.  Cancún nos recibió con una seductora calidez que, rápidamente, se volvió asfixiante. No pasó mucho tiempo para que yo empezara a odiar todo: el tráfico, el desorden, la lentitud, la viveza callejera, la tramitología, el clasismo y tantas otras cosas a las que ya no estaba acostumbrada.

Tuve que subirme rapidísimo al tren mexicano, porque ni bien llegamos, mi esposo se fue a trabajar y mis hijas se fueron a la escuela. Y yo me quede ahí, sola, sin saber qué hacer y sin oficio, enfrentada a todo ese enorme e infinito mar turquesa.

Me enfermé de los nervios, de insomnio y de colitis nerviosa, que en realidad eran mis formas equivocadas de expresar mi frustración, no porque simplemente no me gustaba aquí, sino porque ¿Cómo era posible que no me gustara aquí?  Mucho tiempo después encontré la respuesta que dio sentido a mi pesar: ¡aquí soy invisible! Cancún me pisoteó el ego. Yo, tan simpática, tan popular, tan buena gente, tan talentosa, tan agradable y chistosa… y tan sola.

En el ascensor, si me cruzaba con alguien, ni un saludo de vuelta.  En la alberca, ni un “hola”. Tampoco en las tardes en las que esperaba sola a Felicia mientras practicaba deportes.  No pude entrar de mamá voluntaria al colegio porque “ya no hay espacio” y en las clases de baile de señoras siempre quedaba relegada a la ultima fila, por novata.  

Me pasaba en todos lados, y eso me generó muchísima inseguridad.  Me acuerdo el primer cumpleaños al que acompañé a una de mis hijas: me senté en una mesa y nadie me habló durante 4 horas. Yo solo sonreía, porque trataba de entrar en la conversación y no era posible.  Quedé en shock.  

Me costó aceptarlo, sobre todo porque venía de una ciudad que no era originalmente la mía, hasta que lo fue, en donde pude crear todo tipo de lazos, comunidad y amistades genuinas y duraderas.

En casi dos años he logrado algo, pero no mucho en cuanto a amistades, trabajo y circulo de apoyo.  Pensé que sacando mi arsenal de herramientas adquiridas a través del tiempo, las mudanzas y la terapia, la situación mejoraría. Lo intenté.

He dejado de intentar. Y he vuelto a ser solo yo. Cancún me revolcó como una ola y me ahogó. Y sobreviví y perdí el miedo, porque también soy fuerte, valiente y paciente. Cancún, en el mar no siempre la vida es sabrosa.

2 thoughts on “invisible

  1. Mi Wale querida, que lindo que escribes, con tanto sentimiento. Solo se que las experiencias ensen̈an mucho. Te admiro mucho amiga. Love you!

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