
Soy la madre de dos hermosas niñas. Bueno hermosas en teoría. O sea, sí son hermosas, pero, últimamente y muy seguido, se comportan como las hijas de Chucky.
A veces siento que es por la maternidad que me cuesta tanto ser ama de casa. He pensado que es más fácil salir a trabajar, y justificar con la ausencia la mediocridad en la crianza, (porque “alguien tiene que producir”) que verme desenmascarada siendo una mama terrible, ¡y a tiempo completo!
Una de mis hijas está en plena adolescencia. Ella siempre ha sido mi maestra, la que me ha obligado a prepararme, a observarme y a tratar de sanar mis propias heridas, para no causarle a ella daño y sufrimiento. Mi otra hija, preadolescente, es mi espejo. Cuando era chica era gracioso verla teniendo el mismo humor heredado de mí. Ahora que está creciendo es casi doloroso verla sacar lo peor de su madre: la necedad, la soberbia y el orgullo.
Mientras se hacen grandes, y mientras yo también voy sumando años, siento que se empieza abrir, entre nosotras, una brecha que desesperadamente trato de salvar.
Nunca imaginé que un día amanecerían siendo mis hijas, esas que ya no son mis bebes. Batallo con esta maternidad, que a veces parece tarea imposible y que me enfrenta a mi más grande temor: el no criarlas para ser mujeres independientes. Y aquí sigo, abrazándolas, complaciéndolas, enojándome, gritando y durmiendo con la incertidumbre de estos años que apenas empiezan.
no debes ser tan crítica y severa contigo misma, como bien leí en estos días y lo sé por experiencia propia, uno no nace siendo madre se convierte y aprende día a día. Las hijas son eso: HIJAS, no amigas ni tuyas para siempre, vive día a día dándoles todo el amor, ternura pero también disciplina, el sentido común e instinto de madre te salvarán siempre
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