El avión toca tierra a la hora pronosticada. Para mí, la sensación de volver es siempre la misma; se me hace un gran nudo en la garganta. Veo de reojo a mis hijas, que emocionadas, aplauden en silencio. Siempre les dije que habernos ido fue la mejor decisión y no quiero darles ni indicios de otra cosa. Escondo mis lágrimas y sonrío. Estamos en casa.
Lo que viene luego de recoger las maletas es un torbellino de emociones. Siempre una comitiva de bienvenida: abrazos, besos, globos, risas, llantos y más abrazos. Ver a mi familia, aún (casi) completa, me devuelve el alma al cuerpo. Me siento plena.
Durante 10 días me dedico a sentir el calor de mi tierra y de mi gente. Vivo cada segundo con auténtico fervor. No quiero hacer muchos planes, solo quiero disfrutar, escuchar sus historias y ponerme al día, saborear su comida y compartir en sus mesas, reírme con ellos, simplemente estar. Recorrer las calles y buscar los lugares que quizá ya no existen y donde fui tremendamente feliz.
No me queda duda de que entre el tiempo y la distancia he idealizado a esta ciudad.
Otra vez en el avión, y de regreso, el silencio. Y en mi cabeza la constante pregunta: ¿y si no me hubiera ido jamás?
¿Estarían mis hijas más felices creciendo junto a sus abuelas? ¿Sería mi vida junto a mis amigas más divertida y menos solitaria? ¿Seguiría siendo yo la misma de siempre, esa que ya no soy? ¿Estaría quejándome del calor infernal, del tráfico y de la terrible inseguridad? ¿Viviría cómoda en mi zona de confort? ¿Habría construido mi imperio de peluquerías? ¿Habrá valido la pena el alto costo de tener “la vida de mis sueños”?
Y ante tantas dudas, algunas certezas: como saber que he puesto en manos de mis hijas opciones para su futuro. O que a fuerza he debido aprender a ser mejor persona, más recursiva, más resiliente. Que ver, de lejos, a mis sobrinos crecer y a nuestros padres envejecer ha sido muy doloroso. Que tuve que reinventarme y empezar de cero. Que ha sido un regalo maravilloso conocer otros mundos y otras culturas. Que cuando me enfermé de pena y desesperanza pude encontrar la felicidad y el optimismo, aunque la pena y la desesperanza sean fantasmas que saben cómo encontrarme.
Trabajo en aprender a convivir con las contradicciones de mis sentimientos; trato de honrar con gratitud lo que tengo y abrazo la tristeza que me causa lo que dejé atrás.
El camino que elegí es uno sin retorno, aunque a veces pueda volver, por unos días a Guayaquil, la ciudad de mis amores, mis calores y mis recuerdos.
Me encantó!! Me identifiqué tanto con tus palabras, que fuiste mi voz por un segundo!!.. muchas Gracias y Felicidades!!
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Gracias Karen por leer! saludos
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