Cuando decidimos salir de Ecuador buscando nuevos rumbos, yo estaba reconstruyendo mi carrera. En ese entonces ya habíamos pasado por una inicial pequeña migración que sucedió dentro del mismo país y que tuvo como consecuencia que yo renunciara a mi primer gran emprendimiento que ya había empezado a rendir frutos prometedores.
Mudarnos a la capital, significó un nuevo comienzo. Llegué liberada del negocio recién vendido, con dos bebes a cuestas y la promesa de mi marido de tener una vida más tranquila, más de casa, porque manejar una peluquería exitosa se había vuelto un trabajo muy demandante. Ahora, yo me dedicaría a cuidar a mis hijas, sin las presiones económicas de antes y para no aburrirme podría atender a una que otra clienta en casa. Sin duda el balance perfecto.
Quito fue una experiencia inmejorable. Disfrutaba de la maternidad y la crianza, claro, con mucha ayuda, al mismo tiempo que empezaba a recuperar la profesión. La creciente demanda hizo que construyera una pequeñísima peluquería en el garaje de mi casa para atender a mis clientas y, al no tener obligaciones laborales con nadie, podía gestionar mi tiempo a conveniencia. La agenda, sin embargo, se empezó a llenar aceleradamente y volví a soñar con un nuevo y gran emprendimiento. No veía nada, absolutamente nada que me impidiera lograrlo.
Pero sucedió que a mi esposo le ofrecieron un nuevo reto en otro país. Conversamos y él me pidió tomar la decisión final pues era yo quien en resumidas cuentas llevaba las de perder. Dejaría definitivamente mi carrera para encargarme de lleno a las niñas y a la casa y esta vez tendría que hacerlo sin ayuda. Fue un desafío que decidí tomar sin pensarlo mucho, motivada por la idea de una nueva vida.
En Canadá coqueteé con la ilusión de volver a trabajar, así sea a medio tiempo, pero rapidito me bajaron las ínfulas al explicarme que mi oficio estaba regulado y que, aun teniendo todos los títulos, estos no servían de nada. Yo lo acabo de contar bonito, pero lo cierto es que la respuesta que recibí de la asesora de empleos fue: “Aquí no eres nadie, debes empezar de cero”. Después de llorar ríos, acepté mi realidad. Para volver a estudiar peluquería tuve que esperar a que mi hija chica entrara a la escuela primaria y luego a que terminara la pandemia. Ya lo dice el dicho: “no hay plazo que no se cumpla…” fui, estudié y me gradué. Todo de cero, todo nuevamente.
De inmediato conseguí trabajo en el mejor salón de la ciudad. No de estilista estrella, sino de asistente. Era la que limpiaba, la que contestaba el teléfono, la que barría, la que lavaba baños, cabezas y toallas. La que hacía el trabajo sucio. fue de esta forma que pude completar el círculo de la experiencia de trabajar en una peluquería. Aprendí muchísimo y en menos de cuatro meses ya me permitieron atender clientas. Volví a soñar.
Un nuevo y reciente traslado nos trajo a México. Por razones válidas y difíciles de explicar ahora, estoy de vuelta a lo de ama de casa… y a tiempo completo. Se que muchas desearían estar en mi lugar y agradezco diariamente por lo que tengo. Disfruto de este gran privilegio, pero en realidad no. La vida de casa me aburre. No me llena y ni si quiera lo hago tan bien, aparte, no soy tan buena mamá como parezco. Las que hemos sido administradoras del hogar, las de verdad, sabemos que es un trabajo invisible, pesado, no remunerado y que no se acaba nunca.
Sin querer, pero sabiendo, sosteniendo todo a mi alrededor y viendo a mi esposo crecer en su carrera, ofreciéndole a mis hijas bellas nuevas oportunidades, renuncié a mis sueños: mi cadena de peluquerías, con peluqueras formadas por mí, bajo mi filosofía y mística de trabajo. No tengo forma de lograrlo donde estoy. Y aunque me cuesta, lo he aceptado sinceramente. Todos los días honro lo que me ha sido dado. Resuelvo problemas y cuido a los míos amorosamente. De todas maneras, me siento perdida y no he podido hallar una nueva meta para mí. Mientras miro hacia adentro, busco respuestas y encuentro consuelo en el mar y en estas sinceras y sentidas letras.
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