Compramos la casa del boulevard Chevrier dos semanas antes de que se desatara una pandemia global, sin saber que aquel lugar se convertiría rápidamente en hogar, refugio y escuela, nuestro espacio seguro. En él no solo aprendimos a sobrellevar la zozobra de aquellos años.  Aprendimos mucho más.

Desde que me casé con mi actual y único esposo, hemos vivido en un total de 9 casas en 4 ciudades diferentes. De todas ellas guardo gratos recuerdos. En todas vivimos acontecimientos especiales y algunas marcaron nuestra llegada a un nuevo destino.  Varias de mis casas fueron punto de encuentro con los amigos, el centro oficial de reuniones y fiestas de otros tiempos, mientras otras, como la que habito hoy, han sido espacio para la reflexión y el crecimiento personal.  Nuestras primeras casas fueron para los dos, y las que siguieron se llenaron con la inmensa, agitada y amorosa presencia de las tan esperadas hijas.

Y es que, Entre tanta mudanza y tantos cambios generados por el trabajo de mi marido, nunca parecía un buen momento para asentarnos, para echar raíces por medio de una hipoteca para la casa propia, signo indiscutible de graduarnos como adultos de verdad. Pero en Winnipeg, esa ciudad canadiense de frio polar, logramos la estabilidad que por tantos años habíamos anhelado. Nuestro proceso migratorio no fue fácil, pero a medida que iban pasando los años, decidimos que era tiempo de dar el siguiente paso, y de la mano de nuestra amiga Yolanda y su paciencia de santo, emprendimos la búsqueda.

Encontramos una casa al pie del colegio de mis niñas, vieja, pero con fuertes cimientos. Se notaba que había sido bien cuidada. Sin embargo, creo que por su antigüedad, todo el mundo le hacía el feo, y por eso mismo estaba  a un precio digamos “competitivo”. Era definitivamente nuestra oportunidad.

A partir de ahí todo fue muy rápido. Teníamos algunos ahorros más un regalo del cielo. Con eso completamos para la entrada y en menos de dos meses ya nos estábamos mudando a nuestra casa propia, lamentablemente, mi deseo de hacer un inolvidable Huasipichay se vio interrumpido porque ya estábamos  encerrados por la pandemia.  Recuerdo la agridulce sensación del día en el que nos entregaron las llaves, por no poder celebrar como habíamos soñado, con miedo de contagiarnos, tristes por las noticias y aterrados porque no sabíamos si mi esposo, que trabaja en aviación, iba a seguir teniendo un trabajo.

A la larga y con todo lo que pasaba en el mundo, fuimos inmensamente felices en ese lugar.  Ahí me gané el titulo auto impuesto de señora.  Aprendí con muchos errores y esfuerzo a cuidar y darle mantenimiento a mi propiedad. Aprendí a limpiar vidrios y ventanas, pisos y paredes. Aprendí de plomería y carpintería.  Con mi esposo aprendimos a palear toneladas de nieve en invierno, a sembrar nuestro jardín en primavera, a cortar el pasto en verano y a recoger hojas secas en otoño.  Yo renegaba mucho porque era mucho trabajo, pero todo valía la pena porque en mi cocina preparaba los más deliciosos manjares y en mi mesa se reunían los amigos que fuimos ganando con la migración.  Mi tierra era super fértil y las cosechas eran buenas y abundantes.  Los cuartos de mis hijas se transformaron en su escuela en casa y yo me convertí en su mejor maestra. Colgué cuadros y cortinas, decoré y llené los espacios con plantas que pronto aprendí a cuidar con mis manos y con mi corazón. 

Era nuestra, la primera casa propia. La casa de la niñez de mis hijas y la casa de su futura juventud y fue la casa en la que vía ceremonia virtual nos convertimos en ciudadanos canadienses.  Hemos encontrado nuestro lugar en el mundo, pensé.  Y con esa seguridad hasta me atreví a mandar a hacer etiquetas de remitente con nuestro nombre y dirección, que pegaba en cartas y tarjetas de navidad y que ahora permanecen inservibles en el fondo de un cajón.

Vivimos un total de 3 años y 3 meses en el 1021 del boulevard Chevrier, en Winnipeg, provincia de Manitoba, Canada, hasta que un día,  seducidos por una irresistible propuesta laboral y el sueño de vivir al pie del mar, decidimos nuevamente partir y dejarlo todo atrás …

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8 thoughts on “1021 Chevrier Blvd.

  1. qué bonita historia Wale. Algún día creo que volverán porque Canadá tiene mucho más que brindar, aunque haga frío. Sino el mejor sitio del mundo ya sabes donde es y donde tienes que lograr venir… España 🇪🇸 da igual la ciudad. Aquí te esperaremos siempre.

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  2. Hola Walesca, después de saludarte en unión de mi sobrino Andrés e hijas , te comento que tu narrativa personal es especial e increíble de principio a fin, te felicito, eres muy buena y tienes talento de escritora, podrías tratar de escribir un libro ya sea autobiografía, o las memorias de“Walesca y familia” (esta es solo una sugerencia).
    Espero tener la oportunidad de leer nuevas narraciones de sus futuros acontecimientos . Felicitaciones y los mejores deseos en su nuevo domicilio…. Saludos cariñosos y fuertes abrazos a la distancia.
    Gioconda Vargas.

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    1. querida Tia Gioconda: que sorpresa y que alegria leer su comentario. Muchisimas gracias por animarme a lo del libro, definitivamente lo tengo en mi lista de pendientes y es un sueño que quiero cumplir. Hay mucho que contar y compartir. Le mando un fuerte abrazo y la invito a seguir leyendo!

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