Hubo una época de mi vida en la que me castigaban por todo y por nada. Ya había entrado a la universidad y es verdad que me dio lo de “la edad del burro” tardía o al menos así lo cuenta mi mamá. También es cierto que por ese entonces ella andaba atrapada en las garras de un mal amor. Su esposo disfrutaba quitándome cuánto gusto yo, princesa, estaba acostumbrada a recibir. No solo eso: me racionaba la luz, el agua, el teléfono e incluso la comida. Un día, furioso y doblemente furioso porque yo aguantaba sus castigos con tenacidad, hizo lo inimaginable: me quitó el carro y me obligó a andar en transporte público.
El día del ángel salí muy tarde de la universidad. Obviamente yo me las había arreglado para que el novio de turno o algún compañero de clase me regresaran a casa regularmente, sobre todo a esas horas. Aunque, si me agarraba la soltería o si mis clases no coincidían con las de los amigos, me quedaba a pie.
Esa noche el autobús pasó como siempre y como siempre, aunque un poco preocupada por la hora me subí. Resignada a mi suerte, me sentía orgullosa porque jamás permití que nada ni nadie quebrantara mi espíritu. No me fijé que había pasado bastante más del tiempo estimado de llegar a mi casa. ¡En que estaría pensando! No solo me había pasado de mi parada, sino que estaba ya en la periferia de la ciudad. En ese entonces no me asustaba mucho con nada, y por eso no me había dado cuenta del peligro inminente que suponía andar por esa zona en una ciudad tremendamente violenta. Hasta que él tocó mi hombro y muy suavemente me dijo “creo que estás perdida. Pronto llegaremos a la estación y es tarde. Estoy cerca de mi parada, baja conmigo que te dejo subida en un taxi” y así fue.
El ángel que me salvó tenía forma de mujer. Era pequeñísima y lo sé porque llegaba al hombro de mi metro cincuenta. Su forma humana era la de una anciana, pero cuando tomó mi mano y me haló para bajarme rápidamente del bus lo hizo con la agilidad y la fuerza de alguien 60 años más joven que ella. Ni bien pisamos el pavimento apareció un taxi. El ángel abrió la puerta y le dijo al conductor “llévela a su destino”. Inmediatamente quise ver más de ella, pero cuando regresé la mirada ya había desaparecido.
El ángel que me salvó tenía forma de mujer.
Una hora después llegué sana y salva a mi casa, muda e impresionada por lo que había ocurrido.
Nunca le conté a mi mamá ni esta ni muchas otras historias. En total, Mi carro estuvo parqueando por más de 12 meses, hasta que un día mi padrastro decidió que ya había tenido mi merecido.
Esos fueron años complicados que no duraron para siempre y aunque muchísimas veces me sentí perdida, nunca estuve sola. Siempre hubo alguien, real o místico que tomó mi mano o sostuvo mi corazón.
6 responses to “El angel”
-
-
Hola Silvana primero muchisimas gracias por leer. Yo creo que mi madre bella no se sintio muy contenta por mis letras, pero ella sabe lo que pienso y siento, y que mi amor por ella es infinito, asi que eso es mas que todo!
Te mando un fuerte abrazoLikeLike
-
-
-
claro que no mediamos peligro jajaja
LikeLike
-
-
Mi Wales querida, en el jardín de la vida todos tenemos flores, árboles que nos cobijan, espinas y hasta mala hierba, siempre ha sido y es nuestra elección con que quedarnos y me enorgullece ver que tú has sabido hacer un camino seguro en el que tu sonrisa ilumina, ese espíritu fuerte y decidido que tienes se lo debes en buena parte a tu Abuela Chelo y a tu madre que, aunque no haya estado siempre de la manera que te hubiera gustado, siempre siempre tú has sido la razón de su vida. Te abrazo a la distancia xq el amor no sabe de fronteras 🙅🏻♀️💐
-
Gracias tia querida por leer. recibo sus palabras con mucha alegria. Un abrazo fuerte a la distancia
LikeLike
-
Leave a reply to Marcela Arboleda Cancel reply