Desde que soy mamá hay una pregunta que no me deja en paz y que, últimamente, se ha convertido más bien en una duda permanente.

Cuando me enteré de que estaba esperando a mi primera hija, la euforia de la noticia no me dejó perder ni un segundo y enseguida me puse a armar una lista interminable de todo lo que yo creía era indispensable para que un bebé sobreviva en el mundo.

La lista incluía el primer ajuar para la niña, pañales, cuna, coche, juguetes, biberones, saca mocos… y cuanto artículo típico o novedoso pudiera comprarse.

Mi primogénita llegó al mundo un diciembre y, desde ese momento, el guion de cómo debía ser mi maternidad perfecta empezó a desmoronarse.  Mi preciosa bebé lloraba mucho y yo también. Dormía poco y yo también. Casi no pude darle de lactar, y todo lo que le podía ofrecer parecía hacerle daño.

Con el tiempo llegaron todo tipo de estimulaciones tempranas, terapias, música clásica, tiempo de “calidad” y los mejores cuidados. Y cuando volví a trabajar, me la llevé a cuestas, para tenerla cerca, porque no quería correr el riesgo de dejarla por horas con una desconocida.

Pero mi bebé nunca aprendió a gatear… y más tarde descubrí que su niñera la asustaba con el cuco.

El guion de la maternidad perfecta se vio tremendamente comprometido cuando nos fuimos a vivir lejos y me quedé sola: sin el soporte y la compañía de la familia, sin amigos y sin ayuda. Fueron años de grandes desafíos, pero también de grandes aprendizajes.

Soy una mamá presente, pendiente, preocupada… quizá demasiado. ¿Se puede ser demasiado? Soy de las que leía cuentos todas las noches, porque “eso desarrollaba el cerebro”, y mantenía horarios rígidos, porque “eso daba estructura”… Y las tenía siempre bien vestidas y arregladas, porque mis hijas tenían que ser niñas “bien”, y así, tantos otros esfuerzos con la silenciosa intención de criar hijas perfectas. No pude, no puedo.

Cuando llegó la adolescencia, mi guion terminó de desbaratarse. Aparecieron problemas propios de la edad y esas niñas a las que antes ordenaba y mucho hacían caso, ahora se rebelaban con respuestas firmes y hasta un poco insolentes. Y muchas veces me dejaban sin saber qué hacer, o qué decir, o cómo actuar. Yo no estaba preparada.

Como el día en que le dimos el primer permiso para ir a una fiesta de noche. Lo hicimos con preocupación, pero confiados en que le estábamos enseñado “las cosas como son”. Tremenda sorpresa nos llevamos cuando tomó una decisión que nos dejó desconcertados. En ese momento, sentí que todo el buen ejemplo que habíamos procurado no había sido suficiente.

Fue un despertar. Un llamado de atención, no de ella hacia mí, sino hacia la madre que soy.

Mis hijas, tarde o temprano, se iban a equivocar. Y yo tenía que aprender a sostener eso.

Ahora miro atrás y veo lo fácil que fue hacer, en otros tiempos, una lista de lo que era indispensable. Eran cosas concretas, materiales, que con el tiempo tuve que sustituir por intangibles: aprender a callar, a acompañar y saber cuándo actuar.

Mis hijas necesitan una madre tan firme como sabia… no es fácil. Hay días en los que siento que mis esfuerzos son un poco en vano y las dudas y angustias me ganan.

A veces, sin embargo, tengo la claridad de parar todo y observarlas. Ellas me muestran, sutilmente o a los gritos, lo que están necesitando.

Son esos pequeños destellos de claridad los que me permiten ser optimista sobre el futuro. Y también los que me ayudan a entender que no hay ni madres ni hijas perfectas, ni mucho menos guiones establecidos, sino que somos nosotras las que vamos escribiendo esta historia, poco a poco, con errores y aciertos.

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