En mi familia la muerte siempre fue un asunto incómodo. Lo entendí años después, al recordar todos los fallecimientos que ocurrieron en el edificio de Luis Urdaneta 925, incluido el único al que no dejaron morir ahí.
Yo ya existía cuando mi bisabuela Clemencia se murió. Murió de vieja, en el edificio de la familia, rodeada de todas las mujeres de su descendencia: mi abuela, mi madre, mi tía y yo, que era una bebé. A su edad, la muerte era el final obvio, y por eso nunca entendí el escalofrío que eso les producía, porque siempre lo recordaban como una historia de terror.
La siguiente muerte en el edificio fue la de mi tío Julio, hermano de mi abuela e inquilino permanente del segundo piso. Era un personaje singular y carismático que acompañó mi temprana infancia con un sí siempre en la boca: sí a los helados, sí a los paseos, sí a la diversión. Dicen que murió de “corazón roto”.
Oficialmente murió de un infarto, en el segundo piso, y el correteo que se armó parecía una coreografía de gente gritando y llorando, subiendo y bajando las escaleras. Yo lo observé todo desde la casa de mi abuela, donde crecí. Tenía un ventanal interno que daba hacia las escaleras, desde donde se podía ver quién subía y quién bajaba, quién entraba y quién salía y todo se sabía.
No me acuerdo de ese cadáver, ni del de mi bisabuela, pero sí del de la última muerta del edificio: mi abuela, que murió cuando yo ya era grande para recordarlo todo. Ya tenía un trabajo formal cuando me llamaron a los gritos para darme la noticia. Cuando llegué al edificio de Luis Urdaneta 925, me topé con una escena de horror: mi mamá estaba histérica en el piso, junto a la ventana interior. No me dio consuelo ni me dejó abrazarla; estaba furiosa conmigo porque no me despedí de mi abuela la noche anterior. Mi tía caminaba de un lado a otro, en total shock. Estaban mis primos, mi hermana, mi tío y mi abuelo. Mientras tanto yo observaba la escena en cámara lenta y con los ojos llenos de niebla.
En algún momento la casa se llenó de gente: familia, amigos y los empleados de la funeraria, que llegaron para llevársela.
Cuando terminé de peinar y maquillar a mi abuela, me despedí de ella con un beso en la frente y conocí para siempre el frío cadavérico de la muerte.
Pasaron once años de aquella muerte cuando mi abuelo decidió que había llegado su hora. Yo ya era madre y me había mudado con mi familia a la capital.
Una mañana recibí una llamada desesperada. Era mi madre, diciéndome que el abuelo había dejado de comer y que lo estaban trasladando de gravedad al hospital.
—Debes venir —me dijo—, porque tu abuelo se va a morir.
—¿Pero para qué se lo llevan al hospital? —le contesté confundida. Yo sabía muy bien dónde quería que lo encontrara la muerte.
Agonizó en terapia intensiva durante siete días y siete noches. Podíamos entrar por turnos a verlo. Yo no estuve ahí cuando murió.
Horas antes viajé de vuelta a mi casa, porque mis obligaciones de madre no podían esperar más.
Conversé por última vez con mi abuelo el sábado. Me preguntó por mis niñas y finalmente me confesó lo obvio: que yo era su nieta favorita. También me pidió que ya lo llevaran a su casa.
Mi abuelo había construido el edificio familiar para vivir y morir ahí.
Pero no pudo.
Se lo llevaron.
Murió un lunes, lejos de Luis Urdaneta 925, en un hospital.
*Gustav Klimt, Muerte y Vida, 1915, óleo sobre lienzo, Museo Leopold, Viena.
muchísimas Gracias María Paula! Para una escritora lo que más agradecemos es que te identifiques y puedas compartir mis letras!…
Que maravillosa manera de poner en palabras tu sentir. Y en ese primer párrafo, me sentí tan identificada, que lo…
mi Bachita gracias por leerme! Te extraño mucho❤️
Mi Wale querida, que lindo que escribes, con tanto sentimiento. Solo se que las experiencias ensen̈an mucho. Te admiro mucho…
como soy de la bien vieja guardia BB nunca ha sido de mis preferidos, no me rijo x premios ni…
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