Ser mamá de adolescentes no es tarea fácil. Es una travesía salvaje y hermosa. Quienes la han vivido, lo saben. Yo, por ejemplo, convivo con dos criaturas extraordinarias —dos especímenes únicos— que convierten mis días más en aventuras extremas que en paseos por el parque.
Las que fueron unas dulces y amorosas niñas, atraviesan, ante mis ojos, por un proceso de transformación tipo hombre lobo: rebeldes, intensas, con una energía y estados de ánimo difíciles de controlar, con pelos creciendo desordenados por aquí y por allá, con sus brazos largos y desproporcionados, con un fuego interno que en cualquier momento las incendia y con esa incertidumbre de no entender bien que es lo que les está pasando.
En un tiempo que parece muy lejano, pero que a la vez se siente como si hubiera sido ayer, yo fui el centro de su universo, su regazo predilecto. Juntas acumulamos infinitas horas de juegos y abrazos, y muchas historias tiernas que contar. Yo fui su persona favorita.
Ahora, aprendo sobre la marcha, a ser madre de lobeznas, y a veces me sale muy mal. Como cuando convierto sus conversaciones en momentos de enseñanza, o cuando pierdo el control ante la más mínima provocación. Y eso, mezclado con la infame tarea de educar y poner límites, ha hecho que mis hijas me bajen del pedestal.
No soy una mamá perfecta. Me equivoco. Mucho. A veces me encuentro sin siquiera saber qué hacer. Llevo encima algunas noches en vela —que son cada vez más frecuentes— tratando de descifrar la justa medida entre los límites y el espacio, entre los silencios necesarios y las palabras oportunas, entre lo evitable y lo inevitable. Y nada me aterra más, que ellas puedan deslizarse por las grietas de mi ambivalencia.
Entonces Pienso en las lobas, en su instinto inquebrantable, en cómo enseñan a sus crías a adaptarse y sobrevivir en el bosque sin pronunciar una sola palabra: en su silencio. Tienen los sentidos afilados; sí, son valientes y feroces, pero también son el corazón que sostiene la manada.
Yo, madre, he dejado que la razón le gane al instinto, queriendo controlar, cuando debo acompañar y queriendo proteger, cuando debo solo sostener… pero ahí están ellas. Mis hijas lobas, recordándome quiénes son, recordándome quién soy y recordándome hacia dónde vamos…