La ansiedad desbordada llegó a mi vida sin avisar. Una noche, cuando estaba a punto de quedarme dormida, empecé a sentir un nudo en la garganta. Era como si me hubiera atorado con algo. Me levanté de un brinco de la cama y corrí a la cocina a beber agua, para tratar de que la sensación de ahogo pasara. Lo sentía también en mi nariz. Hacía un esfuerzo enorme para respirar, para que el aire entrara plenamente a mis pulmones, para tragar. Pero era imposible. Me estaba muriendo y no sabía por qué. Era tarde y estaba sola en casa. Noté como mi corazón se aceleraba más y más. Entre el ahogo y el pánico logré llamar a mi madre y a mi enamorado. “¡no puedo respirar, me estoy ahogando, necesito que me lleven a un hospital!” La opresión en mi garganta y el retumbe del corazón en mi pecho se fueron intensificando mientras esperaba a que cualquiera de los dos llegara a rescatarme. Cientos de pensamientos espantosos empezaron a nublar mi mente. Los minutos se volvieron eternos, tortuosos. Traté con todas mis fuerzas de mantenerme viva. Finalmente llegó Andrés, me subió al carro y me llevó, aterrado, a la emergencia del hospital.
Era principios de los 2000. En ese entonces, nadie hablaba abiertamente, o al menos no en Ecuador, sobre salud mental. Mi madre llegó enseguida al hospital para encontrarse con una escena de espanto: doctores a mi alrededor, tratando desesperadamente de regular mi elevadísima frecuencia cardiaca. Yo estaba con máscara de oxígeno, con el pecho desnudo, conectada a cables y monitores que emitían pitidos incesantes y ensordecedores. Me suministraron en repetidas ocasiones, por vía intravenosa, medicina que parecía no funcionar, hasta que finalmente, luego de mucho, mi corazón se calmó.
Esa noche tuve que quedarme internada en el hospital. A la mañana siguiente me realizaron una serie de exámenes, pruebas y monitoreos para tratar de descifrar qué estaba mal. Como yo aún era niña de casa, nos entregaron los resultados a mi madre y a mí: “no tiene nada, o nada que se pueda ver que nos llame la atención, no hay nada en el corazón y los exámenes de laboratorio salieron bien…” Mi madre abrió los ojos enormes y perpleja preguntó: “¿y entonces?”
Los doctores sugirieron hacer una evaluación psiquiátrica. La sola idea puso a mi madre entre nerviosa, aterrada y enojada. Eventualmente hicimos lo sugerido. El diagnóstico fue concluyente: ataque de pánico y ansiedad generalizada. No sé de dónde vino, ni por qué me sucedió. Siempre fui arriesgada, despreocupada, intrépida y aventurera. Y, de la noche a la mañana, me convertí en un mar de angustias y preocupaciones. Me había vuelto una cobarde a la que todo le daba miedo. Dejé de hacer cosas que amaba, como ir a la playa, porque no soportaba estar en la carretera y en el auto por mucho tiempo. En las noches me dormía con el miedo de tener un nuevo ataque, y sí que los tuve, hasta que finalmente empecé mi tratamiento con fármacos y terapia.
Fue un tratamiento largo. O al menos así lo sentí. Un año tomando ansiolíticos y antidepresivos y yendo a hablar con el psiquiatra una vez a la semana. ¿De qué hablábamos? Sinceramente, no lo recuerdo. Y, más allá de uno que otro susto o pequeñas recaídas, estuve bastante funcional. Tuve la claridad y la energía para llevar con éxito mi carrera de peluquera.
El tiempo pasó y me dieron el alta. Dejé las pastillas y las idas al psiquiatra y poco a poco empecé a tener una vida más normal, y, aunque nunca volví a ser la misma, por el miedo de tener una recaída, me sentía tranquila, podía divertirme, trabajaba en algo que amaba, me convertí en madre. Mi vida era plena… y me fui olvidando.
Hasta que las cosas dieron un giro inesperado. Aceptamos una oferta laboral que nos llevaría a vivir a Canadá. Empecé a tener dificultad para respirar. Las palpitaciones volvieron, pero no las asocié con nada. Empecé a preocuparme mucho por lo que se venía, aunque en ese momento más me pudo la ilusión del cambio.
La ansiedad se puede definir como una respuesta emocional a una amenaza real o imaginaria que se manifiesta como preocupación, nerviosismo o temor sobre eventos futuros o inciertos. La ansiedad presenta sensaciones físicas como tensión muscular, fatiga y dificultad para concentrarse. Cuando la preocupación aumenta y se descontrola, se puede convertir en un temido ataque de pánico, que aparece de forma súbita y sin aviso. Para mí, el síntoma más aterrador siempre fue el miedo a morir.
En Canadá me empecé a sentir muy abrumada porque era la primera vez en mi vida que estaba sola: sin familia, sin amigos, sin conocidos. Mi mente se empezó a llenar con ideas de que algo malo me iba a pasar y no habría quien me rescatara. También estaba abrumada con el cambio, la nueva vida, el nuevo lugar y lo mal que nos estábamos adaptando. En cuestión de meses, terminé nuevamente en el hospital. Llegué con las mismas palpitaciones descontroladas, aterrada de que ahora sí, mi corazón estaba enfermo y quizá ahora sí, me iba a morir. Y comenzó todo de nuevo: pruebas, análisis y, al final, el mismo diagnóstico: ataque de pánico, ansiedad y depresión.
Me tuve que valer de todo mi ingenio y paciencia para conseguir la atención médica que necesitaba en un sistema de salud que es público y está saturado. En algún momento me recetaron pastillas como si fueran caramelos, pero ante la falta de una terapia que las acompañara me negué a tomarlas. Pensé que había algo en mí que debía cambiar, cosas que debía aprender y otras tantas que podría hacer diferente esta vez.
Y así fue. Hice de todo para aplacar mi sufrimiento. Hablaba por videollamada con mi psicóloga al otro extremo del continente, Volví al yoga, aprendí a meditar, empecé a hacer voluntariado, llené mi vida de actividades, retomé la lectura y cultivé mi tierra. Pero hubo dos cosas fundamentales y trascendentales que descubrí y que me proporcionaron un entendimiento más profundo de mi padecimiento y de la vida.
La primera fue una serie de tres módulos de terapia cognitivo-conductual, en grupo, enfocadas en ansiedad generalizada, ataques de pánico y ansiedad por temas de salud. La segunda fue el aprendizaje de la filosofía estoica. Con la TCC aprendí a identificar mis pensamientos fatalistas y a transformarlos en realistas, a controlar el miedo ante determinadas situaciones, a identificar los detonantes y las sensaciones corporales de los ataques de pánico. Trabajé en mis metas y propósitos. El hecho de que haya sido en grupo, fue revelador. El estoicismo me enseñó sobre lo que puedo y no puedo controlar, a adoptar una postura racional frente a las dificultades y miedos, y en general, a aceptar la vida tal como es. El estoicismo señala cuatro virtudes cardinales indispensables: la sabiduría, la justicia, el coraje y la templanza. Los estoicos también tienen una perspectiva particular sobre la muerte, al considerarla una parte natural de la vida sobre la que no tenemos control y que no debe ser temida. Reflexionar sobre la propia mortalidad me ayuda a vivir de una manera más plena y significativa.
En mi largo camino hacia la recuperación, no hubo una medicina mágica que funcionara y nada fue fácil. Renegué mucho sobre mi padecimiento, y en general sobre mí misma, porque no había podido ser fuerte, porque no podía ser “normal”. Hasta que poco a poco fueron llegando la aceptación, el amor propio y el autocuidado. Ahora sé identificar de manera más efectiva las cosas que me sacan de mi centro, la falta de un descanso adecuado, que puede desencadenar en sensaciones físicas y mentales desagradables, es una de ellas. Últimamente estoy incorporando el ejercicio en mi rutina, y, aunque me cuesta un mundo, también me hace sentir de maravilla. ¡Oh, preciosas endorfinas!
Lamentablemente, lo más doloroso ha sido aceptar que, de una u otra forma, les he heredado a mis hijas mi dolencia, y eso ha sido combustible para fortalecerme y no descuidarme. Lo bueno es que desde mi propia experiencia, he logrado tomar acciones efectivas para ayudarlas.
Llevo muchísimo tiempo en “remisión”. Cuento los años que han pasado sin que mis demonios reaparezcan, y, aunque lo han intentado, ahora tengo algunas herramientas para combatirlos: tengo a Dios en mi vida y una renovada fe. Tengo también mis terapias y mis terapeutas, tengo el amor de mi familia, de mis amigos y de mis preciosas hijas. Tengo este momento y, sobre todo, tengo a Andrés, que ha sabido estar a mi lado amorosa y pacientemente, siendo sensible cuando ha debido serlo y firme cuando ha tenido que serlo.
Extraño no tener miedo. Pero reconozco la nueva fortaleza que hay en mí, esa fortaleza que me empuja a probar cosas nuevas a pesar de todo.
Las enfermedades mentales son complejas y vastas. Ninguna persona y su padecimiento es igual a otro. Tampoco hay un tratamiento definitivo. No me atrevo a dar consejos sobre ansiedad, depresión y ataques de pánico, salvo a quien me lo ha preguntado directa y específicamente. Sin embargo, he sido muy abierta y sincera al contar mi propia experiencia y no he sentido vergüenza al hacerlo. Hay luz, aunque a veces se vea lejana y tenue. Hay un camino, aunque a veces se sienta cuesta arriba. Vale la pena intentarlo todo, porque la vida merece ser vivida a plenitud.