No hay día más hermoso para una mujer que desea convertirse en madre que el día en que oficialmente se convierte en una. Había idealizado tanto mi embarazo y mi futura maternidad, que soñaba con que ese día llegara. Además, pasé nueve meses escuchando cientos de historias de mujeres a mi alrededor, que emocionadas, narraban el momento mágico en el que les ponían a sus criaturas recién paridas en los brazos y como instantáneamente se enamoraban de ellas. Yo me preguntaba, a veces con incertidumbre, si eso también me sucedería a mí.
Mi hija nació un lunes, a primerísima hora y por cesárea. En la fría sala de operaciones, entre risas y conversaciones incomprensibles de doctores y enfermeras, pude ver la cara de mi marido, que con lágrimas en los ojos me anunciaba la llegada triunfal al mundo de nuestra primogénita, que fue inmediatamente puesta en mis brazos mientras lanzaba al aire un maullido agudo, que fue su primer llanto. El momento que tanto había esperado sucedió tal como me lo contaron y, en un destello de instinto animal, sentí una emoción indescriptible cuando conocí, en persona, a la niña que habitó por meses en mí.
Y tan grande fue la fantasía en la que me abstraje durante mi estado de gravidez, que nunca me detuve a pensar en el hecho de que los bebés lloran.
Mi pequeña fuente de alegría de carne y hueso, mi indefensa y preciosa hija, llegó a esta tierra para hacerse escuchar… a los gritos. Mientras me preparaban para volver a la habitación, mi esposo me escribía un correo electrónico, que aún conservo, donde me contaba que estaba parado afuera del cunero, viendo a nuestra bebé llorar efusivamente, porque seguro se moría de hambre.
Cuando llegamos a casa, solos, jóvenes y primerizos, mi pedacito de cielo me llevó prácticamente a arrepentirme de mi flamante maternidad, porque no paró de llorar, pegando alaridos animalescos que no logré apaciguar con nada ni de ninguna forma. Eventualmente, la bebé se calló y estoy segura de que lo hizo más por cansancio que por convicción.
Mi primera noche de mamá la pasé en vela y recibí ese amanecer con mi hija en brazos, llorando ella y llorando yo, pensando en que tal vez podría regalársela a mi madre, ella podría criarla, porque yo no me sentía capaz de sobrellevar semejantes escándalos.
Mi niña siguió llorando intensamente: con gritos a veces feroces, a veces ensordecedores, a veces ahogados. Con su niñera tratábamos de inventar formas de tranquilizarla que funcionaban o no: la mecíamos en una hamaca, la amarraba a mi cuerpo con un fular o la poníamos en su tina, donde la bañábamos con un chorrito de agua tibia de manzanilla.
La burbuja de una maternidad de ensueño estalló gracias a mis expectativas irreales y al incesante llanto de mi bebé, que me trajeron, de golpe, a una realidad imperfecta, difícil y desafiante. soy la mamá de una niña ultrasensible. Es el camino para el que nunca dejaré de prepararme, con terapias, meditación, cursos, libros, psicólogos, hierbas y cualquier cosa que pueda funcionar para ser la madre que mi hija necesita. Llevo trece años en este aprendizaje, que no tiene límite y en el que he tenido aciertos y desaciertos, avances y retrocesos. Así es la maternidad. Mi niña, que ya no es tan niña, llegó a este plano para ser mi maestra y, solo con ser, me enseña día a día, la infinita grandeza del amor.