Rotura del quinto metatarso: yeso y muletas. Desgarre del gemelo derecho: inmovilizador y andadera. Fascitis plantar severa: medicinas, terapia física y rehabilitación. Estas son las novedades de nuestra nueva vida caribeña, tan activa y deportiva, que ha traído como efecto colateral que uno a uno nos hayamos ido lesionando a lo largo de los últimos tres meses.
Primero fue mi hija la menor, esa que todos los días se queja de algún dolor nuevo y se espanta hasta con las picadas de los mosquitos. Llegó una tarde, luego de su práctica deportiva, con un tremendo dolor en el tobillo. “Ya se le ha de olvidar” pensé, y lo dejé pasar. “Debe ser uno más de sus múltiples achaques”. El lunes y tras un fin de semana de agudo dolor, decidí llevarla al traumatólogo, consultorio donde ya conocen a la niña futbolista, con nombre y apellido y donde se ha ganado estatus VIP. Luego de revisarla, el doctor ordenó radiografías y procedió a dar el sorpresivo diagnóstico: “Fractura del quinto metatarso”. ¿Dijo fractura?, pensé, mientras me agarraba la cabeza preocupada de que la más chinchosa de mis hijas debía estar con bota ortopédica durante tres semanas, que se sintieron como tres siglos. Mi criatura requirió de muchos y minuciosos cuidados, no tanto por su lesión, sino más bien por su ánimo nervioso y espíritu demandante.

Yo misma no he salido librada de las dolencias del pie. La fascitis plantar me apareció sin previo aviso el día que volví de Ecuador. Desde entonces he tenido molestias que van desde leves hasta intensas y que no he podido mejorar, ni aplicando todas las soluciones que, tras horas y horas de investigación, el internet me ha ofrecido. El autodiagnóstico fue confirmado hace unos pocos días por una doctora especialista, quien asombrada me dijo “no sé cómo has podido aguantar tanto tiempo con tanto dolor”. La receta: una larga lista de indicaciones, terapias y medicinas que podrían funcionar o no. Me ha pedido que me observe y que siga las instrucciones al pie de la letra y que, si no hay mejoría, hemos de pasar a un siguiente nivel de tratamiento. Ahora, oficialmente, tendré que dejar de repetir mi frase favorita: “estoy llegando a los 45 sin achaques y sin dolores”.
Finalmente, mi marido. Escribo estas líneas apurada y con muchas interrupciones. Que le ponga el hielo, que le acomode la venda, que le pase las muletas. Se ha roto el músculo gemelo, una lesión significativa que le ocurrió mientras se lucía como portero estrella del equipo de papás de la escuela de las niñas. La noche del incidente volvió prácticamente inmóvil y tuve que llevarlo a emergencias. Al día siguiente, cuando el diagnóstico y el tratamiento fueron confirmados, fui presa de un ataque de furia que descargué sin piedad en contra de mi víctima. ¿Cómo era posible que un hombre adulto tratara de comportarse como un jovencito atlético de 20 años en la cancha de futbol? Tuve que convocar a todos mis amigos futbolistas para que, a través de un foro abierto, me explicaran las razones por las cuales un hombre era capaz de exponerse a una lesión por la pura diversión de patear una pelota. Escuché todas sus explicaciones, sabiduría y consejos. Quizá el más importante de todos fue: “Déjalo en paz”. En realidad, utilizaron palabras más directas y crudas que se las dejo a usted, amigo lector, a la imaginación. Mi amado deberá guardar reposo absoluto por 5 días y luego tendrá que inmovilizar su pierna por alrededor de dos meses, tarea complicada para un hombre sumamente activo y ocupado.

No solo nos ha “caído el chahuistle” a nosotros. Mi vecina de la puerta de enfrente se ha roto el pie mientras subía el Everest y ha tenido que volver de emergencia por su lesión. Del tercer piso de mi edificio, solo se han salvado su marido y mi hija mayor, y espero que así continúe.
Han sido días, semanas y meses complicados. Hemos llenado la casa con botas ortopédicas, vendas, compresas, muletas, cremas, medicinas y demás artilugios necesarios para poder andar y sanar. Y es que, cuando parece que las cosas se van a poner en calma, nos cae una sorpresa nueva.
Yo no sé si todas estas meteduras de pata obedecen simplemente a nuestra nueva vida activa o son consecuencia directa de una mala alimentación, el exceso de peso, la baja de defensas que viene con cada mudanza o simplemente por la luna. Por ahora, nos encontramos en un proceso de recuperación y transformación en todos los planos posibles: el mental, el espiritual, el físico e incluso el metafísico. Definitivamente una limpia no nos vendría mal. Mientras la vida continúa, aquí estoy yo, tratando a veces, con torpeza, de mejorar en todo sentido mi vida y la de los míos.