Las huellas de sus zapatos y de sus manos eran perfectamente visibles en la fachada del edificio. Las pudimos observar claramente cuando, a la mañana siguiente, nos paramos en la acera del frente y no pudimos contener el asombro ante tremenda evidencia.
La noche previa al robo, mi primo y yo, hasta ese momento, hijos únicos, nos habíamos puesto de acuerdo para ver una película en su casa. Gracias a que todos los de mi familia vivíamos en el mismo edificio, estas pijamadas donde mi tía, en el tercer y último piso, eran bastante frecuentes y fáciles de organizar. A mí me encantaba ir allí porque ella solía tener su refrigerador llena de cosas ricas y el congelador repleto de helados. Era una anfitriona de lujo. Se esmeraba en atendernos y en darnos todos los gustos. La recuerdo súper divertida, graciosa y jovial.
En realidad, lo de ver películas siempre fue una mera excusa para pasar la noche todos juntos. Imposible olvidar el dormitorio de mi tía, siempre acogedor y siempre congelado, con el aire acondicionado al máximo, para mitigar los calores de Guayaquil, y la cama enorme y llena de almohadas en la que dormíamos los tres, luego de caer rendidos tras una larga noche de puro entretenimiento.
La pijamada transcurrió como siempre y sin novedad. Sin embargo, a la mañana siguiente, nada amaneció como siempre. Nos despertamos tarde, luego de un largo y profundo sueño. Los gritos alarmados de mi tía nos asustaron e hicieron que nos paráramos de un solo brinco de la cama: “¡NOS HAN ROBADO!”
En estado de shock, ella se dio cuenta de que no tenía ningún anillo en ningún dedo de ninguna mano, donde siempre los llevaba como si fuera una gitana. Cuando tocó su cuello para buscar su cadena de oro tampoco la encontró. Y el reloj en su muñeca ya no estaba. Pero no fue ese el primer indicio del robo y de la entrada nada forzada de los ladrones, porque en ese tiempo nadie tenía rejas en el balcón de un tercer piso alto, fue más bien el hecho de que el departamento estaba en situación de caos total, como si hubiera sobrevivido a un terremoto. Los malhechores habían vaciado los cajones de los veladores. En el closet todo estaba revuelto. Había ropa regada por todo lado, pero más allá de los anillos, la cadena y el reloj que le sacaron de su brazo, no pudieron llevarse las valiosas joyas de mi tía, porque no las encontraron. Ella siempre tuvo la precaución de tenerlas a buen recaudo. De todos modos, sí se llevaron toda su bisutería, que seguro confundieron con cosas caras, porque eran brillantes y coloridas, llenas de piedras que parecían de verdad, pero eran de fantasía.
La lista de lo que se perdió en el robo resultó interminable. De su coqueta se llevaron todos sus perfumes caros y sus maquillajes. De la cocina todo tipo de enseres pequeños y medianos como la licuadora, batidora e incluso la tostadora y el extractor de jugos. En la sala el minicomponente que amenizó muchas fiestas y reuniones había dejado también su espacio vacío. En conclusión, los pillos escaladores se llevaron absolutamente todo lo que pudieron robar.

Finalmente, en la salita del balcón encontramos la pura espuma de los cojines del sofá, que estaba esparcida por el suelo. Esto, porque los cobertores fueron usados por los ladrones a manera de sacos para llenarlos con todo su botín.
Pero lo que más nos espantó esa mañana fue el hecho de que unos tipos desconocidos, inescrupulosos y deshonestos habían andado libremente por nuestro espacio sin siquiera habernos enterado. Creo que la sacamos barata, porque mi tía, mi primo y yo salimos ilesos de toda esta situación, a pesar de haber sido sedados con alguna sustancia desconocida. Lo supimos al recorrer escandalizados el lugar de los hechos, donde encontramos los trapos apestosos usados para dicho propósito al pie de la cama. Fue esa la razón por la que no nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo mientras dormíamos plácidamente.
Luego de sentirnos totalmente vulnerados a causa de ese desafortunado suceso en el que perdimos la inocencia, mi casa se convirtió en un palacio tipo cárcel, porque mi abuelo, que vivía en el primer piso, hizo poner rejas y candados en absolutamente todas las puertas, ventanas y balcones del edificio.
Estos ladrones sí dejaron huellas: las de sus sucias manos y zapatos en la fachada del edificio familiar, las mismas que permanecieron ahí por mucho tiempo, hasta que mandaron a pintar la propiedad, con el propósito de venderla. No fue el robo en sí, sino esas huellas, las que quedaron eternizadas en mi memoria, como recuerdo de esa madrugada en la que unos hombres escalaron inexplicablemente tres pisos, para entrar por el balcón y salir impunes con todo lo hurtado, por la puerta principal, como si nada.