No ha sido nada difícil buscar en mi memoria el primer recuerdo de mi temprana infancia, porque curiosamente siempre lo tengo presente. Y es curioso porque me considero una desmemoriada.  A duras penas me acuerdo de lo que hice ayer. Por eso, de la Waleska de trenzas y cerquillo hay muy pocas historias y sé que son pocas, porque mi esposo en nuestras largas y constantes conversaciones me ha contado las suyas, que se remontan casi casi a su primera comida de bebe y de ahí para adelante, con vivo detalle. Yo, comparándome con él, no puedo más que sentir pena de mis pobres remembranzas.  Pero si tengo muy presente y aun me pica la lengua, el dia en el que mi padre, que no vivió conmigo pasados mis 2 años, me convidó de la pirámide de quesitos blancos que había cortado en perfectos cuadraditos apilados unos sobre otros y bañado en salsa roja y que, en un raro gesto de amabilidad me ofreció: ¿quieres?.  Se me deben haber iluminado los ojos. Muy rápido me abalancé sobre el plato y tomé uno de los quesos, que aún estaba húmedo y frío. Salí Corriendo a la refri porque mi boca ardía en llamas. Gracias, padre, porque mi primer recuerdo lleva tu nombre y el mal sabor de tu chiste y de la salsa de ají que me dijiste que era salsa de tomate.

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