Hace 4 meses nos mudamos a una nueva ciudad, una ciudad que además es un popular destino turístico. Luego de haber paleado grandes cantidades de nieve y haber sobrevivido a gélidas temperaturas en mi amado pueblo invernal canadiense, el destino me trajo al Caribe Mexicano, con su arena blanca, mar celeste cristalino y sus 40 grados bajo el sol. Siempre soñé con vivir cerca del agua, pero era tipo “sueño imposible” y aquí me tienen, escribiendo estas letras mientras observo la grandiosidad del océano que me rodea. Reconozco que soy una mujer con suerte, sin embargo, nada de lo que ha pasado en mi vida ha llegado sin su dosis de esfuerzo y aprendizaje.

Desde que vivimos aquí (que no es hace mucho) hemos recibido múltiples visitas. De hecho, hoy mismo hemos despedido a Irene y John, una pareja de sesentañeros canadienses a quienes conocimos por las intrincadas coincidencias de la vida tan pronto nos instalamos en Winnipeg y que por razones que aún desconozco, decidieron adoptarnos como familia.

Irene, entre otras cosas, me ayudó a perderle el miedo al frio mientras yo le ayudaba a practicar su incipiente español. En su casa y junto con sus hijos, quienes luego se fueron multiplicando con nueras, yernos y nietos, pasábamos navidades, cumpleaños y toda clase de celebraciones importantes.  Con el pasar de los años, fuimos construyendo una amistad fuerte y entrañable.

Tuve el placer de tenerlos aquí, en mi casa, por una semana completa y por unos días logré olvidarme de la profunda soledad que me rodea. He estudiado sobre el tema, lo he trabajado mucho en terapia, entiendo que es un estado mental y conozco las herramientas para combatirla, y es por eso que me pega más fuerte: porque aun sabiendo, no puedo evitar sentirme así. Extraño por partida doble: Guayaquil y Winnipeg.  Ya no se trata solamente de extrañar el lugar donde nací, sino también el lugar al que convertí en mi hogar. Y esto evidentemente no se trata solo de un tema meramente geográfico.

En Cancún no conozco casi a nadie.  Sé que toma tiempo, sin embargo, aún no he logrado establecer ningún vínculo prometedor.  Quizá mi destino ahora sea el de volcarme hacia mi interior y convertir esta migración en un tiempo de introspección y desarrollo espiritual. No veo como podría hacer amigas en un lugar donde los círculos son tremendamente cerrados y donde definitivamente, al menos por ahora, no pertenezco.

Lo extraordinario de mis visitas es que verdaderamente vienen a pasar su tiempo conmigo.  Nos metemos a la cocina a preparar los alimentos.  Vienen conmigo en mis eternas jornadas de llevar y traer a mis niñas. Filipa los invita a uno de sus partidos de Volley.  Irene baja con Felicia a nadar a la piscina. Me acompañan al mercado y al supermercado, nos vamos de paseo, les muestro las playas de los locales, Irene toca la flauta y John me ayuda a colgar todos los cuadros en las paredes, dando así por terminada, la desempacada total de mi mudanza. Y es así como mi casa se llena de alegría.  Soy una super anfitriona con invitados de lujo.  Por una semana amanezco sin ni un achaque, ni un ahogo, ni un dolor o molestia, me lleno de energía. Estoy contenta y distraída.

Mi cotidianidad, por otro lado, es un tanto abrumadora y aburrida.  Debe ser que todavía estoy en el proceso de adaptarme. Voy de aquí para allá todo el día a veces sintiendo que todo me toma el doble de tiempo. Y es que hay cosas entre banales y profundas que perdí con la mudanza: la facilidad de hacer el super online, por ejemplo, o la disponibilidad de todo, manejar en un tráfico muy ordenado, la eficiencia de los servicios y la amabilidad extrema de las personas. Esto por mencionar algunas.

Me dedico como siempre a limpiar y organizar mi casa, un espacio más grande del que tenía antes y que definitivamente estamos disfrutando. Planifico, hago lavandería, los martes atiendo a mi terapia en línea y los jueves salgo a desayunar conmigo misma. Algunas veces me voy al mercado o al santuario de la virgen. Dos veces al mes voy a hacerme las uñas. Soy consciente del privilegio que tengo.  Cuando me siento con energía salgo a explorar la ciudad o a buscar plantas. Los viernes dobló ropa, mucha.  Para la 1:30 pm de todos los días debo empezar mi ronda de la tarde: recojo a las hijas en horarios diferentes y las llevo a sus deportes, también en horarios diferentes. Algunas semanas uno de los cuatro tiene cita médica: Psicólogo, dentista, alergólogo, endocrinólogo, etc. Hemos vuelto a la maravilla de los especialistas, que es lo opuesto a tener un médico de familia que bien o mal te trata de curar todo. ¡Qué suerte!

En el mismo día voy de la tristeza (extraño todo) a la frustración (el tráfico, ya me chocaron). De la incertidumbre (¿algún día podré retomar mi carrera?) a la fascinación (que maravilla este lugar).  De la alegría (que deliciosa es la comida mexicana, que colorido que es todo) a la desesperación (estoy perdida).  De la paz y el agradecimiento (que privilegio es vivir al pie Del Mar) al agotamiento (cosas demandan mucho esfuerzo) …. Y repite… hay mucho silencio afuera y mucho ruido adentro.

Para las 9 de la noche ya he dado de comer y con suerte todo marcha en cierto orden. Reviso mi agenda y planifico mi día siguiente, como toda una señora. Nunca he sido televidente, pero ahora veo Netflix y YouTube, que se han convertido en mi terapia de risas y desconexión. Necesito distraer mi mente.

Esta semana empiezo a nadar… esta semana empiezo yoga… esta semana debo empezar a buscar a alguien que me ayude un poco en casa. Esta semana termino mis urgentes, esta semana busco un voluntariado, esta semana debo reevaluar y fijarme nuevas metas, esta semana voy a dejar tanto de pensar y empezar más a hacer… esta semana… esta semana… esta semana…

Trato de auto motivarme, de estar en agradecimiento, de enfocarme, pero estoy viviendo el tsunami de una nueva migración.

Los cambios me producen esta reacción. Ya lo se.  Me frustra volver a ese mismo sitio oscuro nuevamente, del cual siempre salgo mejorada sí, pero también más envejecida y agotada. Y es que hay algo que no me deja negarme a un cambio.  La vida es corta y el mundo es inmenso.  Hay que vivir la experiencia. Y luego me ando preguntando: “pero a qué precio”.

Y así me empiezo a preparar para volver a tener la casa llena porque vienen los abuelos y con ellos la algarabía de días largos, felices y agotadores. 

Hoy ha salido el sol y lo acompaña una deliciosa brisa marina. He estado acostumbrada al encierro por el clima, pero aquí es otra cosa. Quizá me ponga el traje de baño y me vaya a leer al pie Del Mar. Es urgente aprender a relajarme y a disfrutar.

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