Mi abuelo me servía el desayuno y me acompañaba a tomar el bus para ir a la escuela. Me sonaba la nariz y nunca me decía que no. Siempre estaba conmigo, cuidándome. Mi abuelo me dio el amor más puro y más grande.

Jamás había tenido una pérdida tan devastadora como cuando mi abuelo murió. Aunque yo sabía que era su momento de partir, no podía contemplar la idea de no tenerlo físicamente en mi vida.

En su lecho de muerte, sin proponérselo, nos convocó a todos los que lo amamos y dentro de nuestra angustia, vivimos momentos de mucho amor con lágrimas salpicadas de risas. Todos juntos, familia y amigos, acompañándonos para acompañarlo a morir.

Nunca había sentido el agobiante sonido del profundo silencio, ese que taladra los oídos con vacío, y hasta ese día no conocía la desolación.

Con el tiempo y por su muerte, mi abuelo me dio la más linda y profunda enseñanza de vida: Nada muere, todo se transforma. Él volvió a su esencia, a Dios, al todo, al estado más perfecto del espíritu, sin un cuerpo envejecido y enfermo. Solo energía.

Cuando entendí esto, supe que no perdí a mi abuelo. Debo confesar que lo siento tan presente en mi vida. Todos los días, permanentemente y a veces tengo la suerte de recibir su visita en mis sueños.

Gracias, abuelito, por una maravillosa vida terrenal y una perfecta vida eterna.

Leave a comment