Esta crónica la escribí a petición de mi amiga Veronica para ser compartida en nuestro círculo de mujeres de Winnipeg, en Julio del 2023
Cuando se muere un ser querido entramos en un proceso de duelo. Lloras a esa persona, pero sigues teniendo todo lo habitual y conocido al rededor. Todo un círculo de soporte.
Cuando yo migre fue perderlo TODO. No era a una sola persona a quien lloraba, era a toda mi familia, a todos mis amigos, a mi casa, mi cotidianidad, mi empleada, la comida. Fue un duelo elevado a la más alta potencia. Parece que morí yo.
A Canadá le debo tanto: me abrió los ojos a la belleza de la naturaleza y me presentó las cuatro estaciones (aunque algunos dirán cuales cuatro, si siempre es invierno).
Me enseñó a disfrutar la vida simple, la vida sencilla. La vida de la familia nuclear.
Me regalo a nuevas amigas.
Me dio tranquilidad de espíritu al sentirme muy muy segura de vivir aquí. Aprendí a cocinar, a cultivar mi jardín, a cuidar de mi casa y de mi familia, pude desenvolverme en el servicio a los otros, descubrí la paciencia, la importancia del auto cuidado y la enseñanza más bonita: ¡la de que hay luz al final del oscuro túnel del migrante!
Hubo una época a la que yo bauticé como “la del festival del llanto” mi marido lloraba en silencio, mis hijas a viva voz, con pataletas incluidas y yo, para ponerle más drama a la situación, lloraba en el piso, porque sentía que me moría -literal-. Fue ahí medio desmayada y con un profundo sentimiento de soledad, que un día decidí explícitamente dejar de sobrevivir y empezar a vivir. Se lo dije a mi marido llorando y explicándole como me sentía: como viviendo ahogada debajo del agua… a partir de ese momento, y con toda la contundencia de una decisión urgente, fue que mi proceso empezó a cambiar.
Murió oficialmente mi versión ecuatoriana, pero nací en una mejor versión de mí misma. Y esta es la belleza de la migración. Que podemos -y debemos- reinventarnos.
Esto sucedió navegando en las aguas -a veces turbulentas- de la recuperación. No crean que de la noche a la mañana todo fue bello. tomó tiempo, terapia (mucha), mucho esfuerzo y algo de dinero. Una amiga me dijo que debía tomarlo como un bebe que aprende a caminar: baby steps, me dijo, poco a poco y con paciencia. Aprendí a sobrellevar los días malos y a vivir a full los días buenos.
Es verdad que mi nueva mudanza es la mudanza “soñada”. Pero también es verdad que dejo mi corazón aquí. A Winnipeg la amo profunda e intensamente: he recorrido toda la ciudad de extremo a extremo, he caminado en la mayoría de sus parques. he chapoteado en todas sus piscinas. He disfrutado de la nieve, del frio, del otoño y del calor. Aquí conocí a personas de lugares que nunca me imaginé. Fui a matrimonios, bautizos, velorios y primeras comuniones. Vi a mis amigas convertirse en madres y en abuelas. Aquí Compré mi primera casa y volví a estudiar desde cero. Descubrí donde conseguirlo todo y aprendí a resolver problemas sin la ayuda de nadie y fue así como convertí este lugar inhóspito en el lugar que hoy llamo hogar.
Wow. Mejor descrito imposible.
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Cuesta…cuesta cortar el cordon tumbilical …. uno hace amistades que se arraigan en el corazón y se
conviertese en tu nueva familia!
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Tia querida gracias por leer! le mandop un fuerte abrazo
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